El rostro tiene historias que atraviesan los siglos y son muy diferentes. David le Breton hace una antropología de esa parte del cuerpo humano que es el lugar central de nuestra comunicación. Sin dejar de lado el «cara a cara», el mal de ojo, las máscaras, las muecas, ni los identikits de criminales, pone en evidencia las paradojas de la envergadura del rostro humano, conduciéndonos sucesivamente por la historia de lo deformado y lo resplandeciente, lo bello y lo feo, lo aceptable y lo insoportable.
Apoyándose en la religión, la filosofía, la antropología, el autor delimita todo el «mediodecir» del rostro para conducirnos a la reflexión última de que una de las características de la violencia simbólica que opera en el racismo consiste antes que nada en la negación del rostro en el otro.
«El rostro humano es realmente como el de un dios de alguna teogonía oriental, un racimo de rostros yuxtapuestos en planos distintos y que nunca se ven a la vez.»
Marcel Proust
Introducción
«Desde que los rostros de los hombres se volvieron hacia fuera, éstos se tornaron incapaces de verse a sí mismos. Y esa es nuestra gran debilidad. Al no poder vernos, nos imaginamos. Y cada uno, al soñarse a sí mismo y ante los demás, queda sólo detrás de su rostro.»
René Daumal
En un comienzo, surge la emoción ante ciertos rostros y la sensación de un enigma contenido allí, al alcance de la mano y de la mirada, y sin embargo, inasible: toda la fragilidad y la fuerza de la condición humana. Rostros del entorno, de ciertos transeúntes, el rostro de Gelsomina en La Strada, de Falconetti en la Juana de Arco de C. Dreyer, rostros pintados por Rembrandt o fotografiados por Lewis W. Hine. Rostro del o de la amante con la revelación de un misterio intuido que siempre queda pendiente para más tarde, a menos que el amor decline o caiga en la banalidad de una figura despojada ya de todo carácter sagrado. Cada uno de nosotros lleva en secreto su mitología, su tesoro de emociones que depara una prodigalidad de rostros.
La investigación presentada aquí es un intento por descubrir las significaciones, los valores, los imaginarios asociados al rostro, un modo de responder a la fascinación que este ejerce, no para violar su secreto, sino para aproximarse más a él, caminar a su lado para descubrir hasta qué punto se sustrae. Contrariamente en eso a las fisiognomías que renacen regularmente de sus cenizas para enunciar finalmente una pretendida verdad del rostro a través del discutible arte de la suposición, la antropología logra antes bien comprobar el mediodecir, el susurro de la identidad personal. El rostro revela tanto como esconde. Si no se quiere disolver ese «no sé qué y ese casi nada» que hace a la diferencia entre un rostro y otro, conviene moverse con un «espíritu refinado» antes que con un «espíritu de geometría». La sensibilidad de aproximación demanda una antropología atenta, curiosa de lo único más que de lo repetitivo, pero que no excluye la evidencia. Desde el rostro del niño hasta el del anciano, hay una continuidad inquietante, una semejanza jamás desmentida. Y sin embargo, cuántos rostros se suceden a lo largo de las estaciones, de las pruebas de la vida, o incluso simplemente a lo largo de la vida cotidiana. La continua metamorfosis de un rostro permanece fiel a un «aire», a una forma evanescente que nada puede captar pero que habla de la singularidad de un hombre.
La palabra francesa visage (rostro) viene del latín visus, participio pasado sustantivado devidere: «lo que es visto». Etimológicamente, la mayoría de los términos que han designado al rostro en las lenguas del antiguo mundo occidental hacían alusión al aspecto visible del rostro, a su forma, a su posición privilegiada en el cuerpo humano.1 El rostro (y las manos) se dejan ver desnudos, sin el telón de las vestiduras. A partir de un puñado de referencias como ojos, nariz, frente, se ofrecen al mundo miles de millones de rasgos a través del espacio y del tiempo. Los rostros son variaciones al infinito sobre un mismo esquema simple. Asombra tal diversidad de formas y expresiones cuando los materiales que las modelan son tan reducidos en número. La estrechez del escenario del rostro no impide en nada la multitud de combinaciones. El decorado sigue siendo el mismo, pero permite innumerables figurantes. Todo hombre lleva su rostro, pero nunca el mismo. La ínfima variación de uno de los elementos que le dan forma deshace su orden y significación.
El rostro traduce en forma viva y enigmática lo absoluto de una diferencia individual, aunque ínfima. Es una cifra, en el sentido hermético del término, un llamado a resolver el enigma. Es el lugar originario donde la existencia del hombre adquiere sentido. En él, cada hombre se identifica, se encuentra nombrado e inscripto en un sexo. La mínima diferencia que lo distingue de otro es un suplemento de significación que da a cada actor la sensación de soberanía de su propia identidad. El rostro único del hombre responde a la unicidad de su aventura personal. No obstante, lo social y lo cultural modelan su forma y sus movimientos. El rostro que se ofrece al mundo es un compromiso entre las orientaciones colectivas y la manera personal en que cada actor se acomoda a ellas. Las mímicas y las emociones que lo atraviesan, las puestas en escena de su apariencia (peinado, maquillaje, etc.) revelan una simbología social de la que el actor se sirve con su estilo particular.
El hombre no es el único que habita sus rasgos, también está allí el rostro de los otros, en transparencia. Pero el niño salvaje, el autista o el ciego de nacimiento dan cuenta de un rostro mudo que sólo la intervención de un entorno atento puede socializar. El rostro es pues el lugar del otro, nace en el corazón del lazo social, desde el cara a cara original del niño y de su madre (el primer rostro), y durante los innumerables contactos que la vida cotidiana entabla y desentabla.
El rostro es materia de símbolo. Pero para el propio hombre, a menudo es un lugar problemático, ambiguo. En ese sentido, podría decirse que el «yo es otro» de Rimbaud encuentra su expresión corporal más sorprendente en el hecho de que el rostro es Otro. En él nace la pregunta: ¿Por qué estos rasgos? ¿Qué relación tienen conmigo? Y son pocos los individuos que aceptan sin resistencia ser filmados o captados en video. Algunas sociedades erigen tabúes ante cualquier retrato, rechazan las fotografías. Temen que la imagen sea el propio hombre y otorgue al que se lo apropia un poder mortal o malintencionado sobre el ingenuo que se deja atrapar por el ojo del objetivo.
También hay una relación problemática con el tiempo que pasa y deja sus huellas en un rostro notoriamente vulnerable. Aunque en ciertas sociedades, el envejecimiento que marca los rasgos y blanquea los cabellos aumenta el prestigio y la dignidad, no es el caso en nuestras sociedades occidentales marcadas por un imperativo de juventud, vitalidad, salud y seducción, donde la vejez es casi siempre objeto de una poderosa negación. Envejecer, para muchos occidentales, es perder poco a poco su rostro, y verse un día con rasgos extraños y la sensación de haber sido desposeído de lo esencial. «Morimos con una máscara», dice el príncipe Salina, de Lampedusa. Y sin embargo palpita el recuerdo de un rostro perdido, el rostro de referencia. Aquel al cual el actor se aferra con más fuerza, el que en el pasado conoció el amor. El rostro interior que atiza la nostalgia y muestra sin ambigüedades la precariedad de cualquier vida. Quizás es el mismo que el maquillaje o la cirugía estética buscan embellecer, incluso restaurar, fijar en una eterna juventud.
¿Y qué sucede cuando provisoriamente el hombre se despoja de su rostro a través de la máscara o la caracterización? ¿A qué metamorfosis se presta «cambiando de cara»? El rostro encarna una ética, exige responder por los propios actos. El hecho de ya no temer «mirarse de frente» porque se han modificado los rasgos abre un gran abanico de perspectivas. No obstante, la máscara no es una simple herramienta para asegurarse el incógnito, sino que revela recursos secretos, sorpresas. Suele tomar las riendas, apoderarse del hombre, quien creía dominar, orientar su acción. Querer escurrirse a hurtadillas de los propios rasgos no es una intención libre de riesgos. Cambiar de rostro implica cambiar de existencia, librarse o tomar una distancia provisoria, no sin peligros, del sentimiento de identidad que hasta ese momento regía la propia relación con el mundo. ¿No es acaso el rostro una medida de precaución a través de la cual se dominan todos los impulsos, las tentaciones que pondrían en peligro el orden del lazo social?
Al menos, conjurar la ambivalencia, lo inasible del otro, reducirlo a algunos rasgos simples, a una característica, saber lo qué se puede esperar de él, tal es la fantasía de control que desarrolla la fisiognomía. Estudiar el cuerpo, y sobre todo el rostro, para construir, en función de las formas observadas, una caracterología del hombre que permita asegurarse mejor acerca de lo que es (o mejor dicho, presume ser). Desde la antigüedad, los tratados de fisiognomía se han sucedido y tuvieron un asombroso éxito durante la transición de los siglos XVIII y XIX gracias a Lavater, quien influyó en muchos de sus contemporáneos y en una posteridad no menos importante. Hoy, la fisiognomía renace con un segundo impulso a través de la morfopsicología, aunque siga siendo tan cuestionada. Si bien el rostro revela al hombre, lo disimula otro tanto. «La fisonomía –dice La Bruyère– no es una regla que nos ha sido dada para juzgar a los hombres, pero puede servirnos de conjetura».2 Y el imaginario de leer un rostro como un mapa geográfico que informa sobre orientaciones psicológicas o como el lugar del crimen, sembrado de indicios, es un arte dudoso que difícilmente puede defenderse de la voluntad de ingerencia que supone sobre el otro.
Del mismo modo que el nombre que lo designa, todo individuo, incluso el más humilde, lleva su rostro como el mayor signo de su diferencia. Así como el rostro es el hogar secreto del ser, en cierto modo la «capital» (capita) de la sensación de identidad del hombre, la desfiguración se vive como una privación del ser, una experiencia del desmantelamiento de uno mismo. Eso explica el drama que atraviesan los accidentados o quemados en el rostro. Esas heridas afectan las raíces de su identidad al mismo tiempo que su carne. Además, de quien tiene el rostro arruinado por una enfermedad o accidente, se murmura que ya no tiene aspecto humano.
Una de las características de la violencia simbólica que ejerce el racista consiste en la negación del rostro en el otro. Al tratarse del signo del hombre, el más alto valor que éste encarna, el desprecio del rostro ajeno pasa por su animalización o degradación: el otro tiene jeta, trompa, cara de culo, es descarado, un «cabeza». El odio conlleva la desfiguración del otro odiado; le niega la dignidad de su rostro.
Los campos de la muerte que organizaron de manera sistemática la destrucción del hombre se esforzaron en eliminar su rostro, en erradicar esa infinitesimal diferencia que hace a cada hombre único, para unificar a todos los detenidos bajo una figura idéntica, hecha de insignificancia a los ojos de los verdugos: «Muy pocas veces los percibí como individuos –dijo F. Stangl, comandante del campo de Sobibor y luego del de Treblinka–, siempre era una enorme masa». En los campos, hay que ser sin rostro, sin mirada, uniforme bajo la delgadez. Hay que combatir en uno cualquier detalle llamativo del rostro, toda señal que instaure un suplemento de sentido en el que se pueda percibir una individualidad. Borrar el propio rostro, empañar los rasgos, eliminar la condición de hombre singular, fundirse en la masa anónima de los otros, sin el relieve de un ser, disuelto en la misma ausencia. «Hay que ser plano –sigue escribiendo Robert Antelme, ya inerte. Cada uno lleva sus ojos como una amenaza».3 Pero ante un trozo de espejo recogido en el camino o recuperado de las ruinas, los deportados van desfilando y se maravillan. Se instala una liturgia a pesar de la impaciencia. El fragmento de espejo pasa de mano en mano, hace vivir al deportado el recuerdo de una identidad que, de pronto, descubre que todavía está allí. La inquina con el rostro no puede contra él cuando todavía se lo puede mirar de frente. El rostro es el lugar más humano del hombre. Quizás el lugar de donde nace el sentimiento de lo sagrado.
Notas
1 Jean Renson, Les dénominations du visage en français et dans les autres langues romaines, 2 vol., París, Les Belles Lettres, 1962.
2 La Bruyère, Les caracteres ou les mœurs du siécle, Folio, pág. 283. [En español: Los caracteres o las costumbres de este siglo, Barcelona, Edhassa, 2004, 12:31]. 3 Robert Antelme, L’espèce humaine, París, Gallimard, 1957, pág. 57.
*David Le Breton es profesor en la Universidad de Strasburgo y miembro del Laboratorio de sociologías europeas. Autor de, entre otras obras, Passions du risque, Antropología del dolor, antropología del cuerpo y modernidad, El silencio. Aproximaciones, Adios al cuerpo. Una teoría del cuerpo en el extremo contemporáneo, Signes d’identité, Éloge de la marche y de La peau et la trace.
Introducción del libro "Rostros". Ensayo antropológico e ditado por Letra Viva y el Instituto de la Máscara en 2010.
David Le Breton
Avisos