Instituto de la Máscara | Lo tóxico (cuando el psiquismo se intoxica)
Formación Oficial en Salud, Arte y Educación. Es una institución que articula lo psicoterapéutico, lo corporal, el psicoanálisis, el psicodrama, lo grupal, la creatividad y las máscaras. Este entramado constituye una definición conceptual y metodológica. La máscara revela y oculta a lo largo de la historia humana, lo personal, lo cultural y lo social.
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Lo tóxico (cuando el psiquismo se intoxica)

Acerca de este proyecto

El organismo humano utiliza  mecanismos fisiológicos al servicio de aliviarse de lo que lo lastima, lo ensucia; desde esos reflejos, o automáticos, (vomitar, excretar, cerrar los ojos ante el excesivo resplandor), hasta otros que incluyen  a varios sistemas u órganos para reconocer y eliminar lo que daña o irrita. En general, todos los procesos del enfermar y del curar tienen que ver con el trabajo de lo tóxico sobre uno y de uno sobre lo tóxico. Las “ idishes mames” de todo origen son esos seres expertos en tes con limón, calditos de pollo , baños tibios y otros secretos para aliviar malestares, dolores y descomposturas.

Pero si pensamos en  el cuerpo ya no es tan sencillo definir qué es lo toxico ni que relaciones  establecemos con lo perjudicial. Lo corporal se construye en nuestra historia libidinal, vincular (quiero decir amorosa, con  objetos que son personas, otros, qué gran problema!). Lo corporal  se realiza en un mundo de cultura, donde los valores y costumbres imperantes ordenan , socializan, “disciplinan” el cuerpo. Lo corporal es también imaginación sobre el organismo, creatividad, invención continua… Lo corporal es psiquismo en actividad, en constante producción.  Podemos pensar al aparato psíquico como surgiendo de un gestode huída, huída de lo tóxico y búsqueda de lo  nutricio. Se podría  entender todo el trabajo psíquico como un “que-hacer” con lo tóxico, cómo organizarse para filtrar lo que puede amenazar la integridad del yo o de la imagen de sí mismo.
Claro que esta es un huida imposible, que termina siendo una especie de boomerang paradojal: para alejarme de lo tóxico puedo terminar alojando dentro mío algún veneno desconociéndolo pero sin poder evitar ser su víctima, tomando actitudes que me lastimen:”no sé que me pasa que…”

Diversos autores (Freud, Reich, Lowen, etc.,)  utilizan como metáfora la imagen de la ameba,  para pensar a la persona como totalidad o al psiquismo en sus inicios. Coinciden  en imaginar ese organismo, origen de lo vital, dentro de un ambiente. Esta vitalidad  adquiere dos movimientos fundamentales en relación a ese entorno : uno de expansiónhacia lo útil, agradable, necesario para la susbsistencia, y otro de contracción  frente a lo hostil, dañino o tóxico. Asimilación y evacuación, las primeras tareas biológicas de la célula, adquieren una complejidad y multiplicidad muy grandes si  las pensamos desde los procesos psíquicos originados en la vulnerabilidad inicial de un ser humano: la célula reacciona a un ambiente químico, climático, con texturas, espacios y tiempos bastante previstos por la naturaleza; el bebé responde a miradas que aprueban o rechazan, a brazos que pueden sostener o dejar caer, a voces que a veces canturrean y a veces gritan… La cosa se complica tanto desde un lado(célula-bebé), como del otro (ambiente-madre-cultura).
Además de las características ambientales, está la cuestión de  la localización de lo que intoxica: “eso” que molesta está  afuera? O viene de adentro? Cuándo puedo  ubicar una sensación en esos términos? Siempre mi localización es la adecuada?(A veces quiero fumar porque no sé que hacer en una fiesta, o porque estoy disfrutando un pequeño placer con una gran amiga….)
Retomando la idea de que el psiquismo huye del displacer, el psicoanálisis  distingue  entre los estímulos externos y los internos.
Ambos, dice Freud, producen en el aparato psíquico una carga, una excitación, y la correspondiente tendencia a aliviarse; pero si de los estímulos podemos protegernos o evitarlos…, cómo huir  de la carga del hambre, o del deseo sexual? Así llamó Freud “pulsiones”, a esos estímulos interiores, constantes, que surgen desde adentro y nos impulsan  a buscar, a avanzar. Si no fuera por los deseos, por lo que molesta, sacude, nada interrumpiría nuestra calma chicha. Los deseos son, al mismo tiempo, veneno para el “deseo de nada” y su antídoto: nos rescatan de quedar narcotizados para siempre.
Es en estos juegos de deseos y evasiones, de cargas y descargas como se va haciendo cuerpo en la vida, porque la forma de huir de lo que nos intoxica en cantidad es transformarlo en calidad, imagen, representación: traducimos la biología a una poética  del cuerpo,  somos a la vez personajes y autores del cuento de nuestras vivencias corporales. Es así como se va cualificando la experiencia, es así como la “psique habita el soma”, en el lenguaje de Winnicott.
Con estos materiales, lo nutricio, pero también lo tóxico, cada uno de nosotros va elaborando una historia corporal, un modo de andar en el mundo, un estilo de respuesta al estrés o a la ansiedad, un modo singular y único de relacionarse con los otros. Aquí lo tóxico es parte de la vida misma y reaparece en nuestros sueños, nuestros síntomas y en todas nuestras producciones subjetivas; algo de lo tóxico, como algo de la agresividad o de la frustración lleva al movimiento, anuda en la esperanza.

Pero hay grados de toxicidad que no ayudan a hacer-cuerpo: una pérdida significativa, una situación no comprendida, un episodio no hablado, una vivencia excesivamente fuerte para el ser en construcción, pueden permanecer como un “ cuerpo extraño” difícil de eliminar. El miedo, la mentira, la violencia, lo que interrumpa el ritmo espontáneo del vivir aparecerán sin duda, en la clínica corporal como inhibiciones serias, limitaciones de movimiento o un exceso desordenado y ansioso. La falta de un cuerpo materno que sostenga y estimule el desarrollo puede aparecer como una sombra oscura que amenaza cada  proyecto con el veneno de la depresión o con el sentimiento de debilidad corporal y poca energía: ahogos, sofocos de angustia, opresiones en el pecho, en la garganta serán expresiones de lo que no se pudo “drenar” de otra manera. El dolor, la soledad o la con-fusión pueden ser intolerables, destruyendo lazos con el cuerpo, disociando lo mental, perdiendo el anclaje en la realidad compartida.

No será fácil para el terapeuta acompañar ese proceso, entrar en ese dolor, “prestar” cuerpo  y palabras que ayuden a filtrar lo enquistado: tal vez tenga que hacer un continuo “ejercicio” de contactar y tomar distancia, alojar lo tóxico y buscar mas que eliminarlo, disolverlo.

Publicación

Texto inédito, 2006

Autor

Mónica Groisman

Categoría
Textos
Etiquetas
cuerpo